Al respecto debemos suponer que en la academia ya se ha de haber intuido –y en parte entendido– que la dimensión de lo arquitectónico nos indica la magnitud y la importancia de la relación transaccional que se ha de dar entre un “entorno físico, convenientemente concebido y construido” –seguramente firme, durable y habitable– y el proceso productivo del ser humano “vivo y viviente”, producido y autoproductivo, exigente habitador de ese entorno donde se ha de concretar o realizar su específica existencia en su condición constante de ser, estar y permanecer vivo. De ahí se ha de entender que ese “ser humano” es en ese entorno, por un lado, un permanente, estable y vital “producto”, y por el otro, una permanente e incesante “producción de lo vivo”, en invariable relación con la desigualdad de su existencia en ese entorno construido, en el sentido de la transdisciplinariedad de lo biopsicosocioantropológico, propio de lo vivo, de la mente, la edad, el sexo, la cultura, el estatus de lo socio-económico, lo ideológico, etcétera, donde se ha de concretar su progresiva experiencia de lo espacial, lo perceptible y lo habitable. Simultáneamente se ha de implicar a los dos tipos de “producto” y dos tipos de “producción”. Lo primero se refiere al binomio producción/producto de ese ser humano vivo y habitador; lo segundo, a la producción/ producto de un adecuado “entorno construido”; el transaccional y final producto de ello habrá de ser el constante, vital y mantenido consumo de lo cualitativamente humano, su reproductibilidad y el posible y deseable logro de la adecuada calidad substancial de lo arquitectónico.

Como ya se ha sugerido en esta complicada reflexión, se ha de plantear –y cuestionar– el sentido de eso que fácilmente se identifica y se nombra como “arquitectura”, aquello que al parecer se caracteriza por ser sólo un producto “bien construido” y diseñado con una fina materialidad y alguna sensible intencionalidad expresiva con la que, en esa colectiva significación, lamentablemente se ignora o se evita la adecuada referencia al motivo, a la última finalidad de la acción procesal y productiva de sí misma –el porqué y el para qué (o para quien)–. Es decir, aquella arquitectura que sólo se ha de ver como un objeto que se legitima a sí mismo, en cuya situación, de todas formas, sospechosamente se provoca la referencia a ese tipo de “arquitecto”, visto como el único, exclusivo y total “creador” de su “arquitectura”, que finalmente sólo ha de ser una hermosa o sublime “construcción” convencionalmente bella. Por consiguiente, deberá forjarse la deconstrucción del sentido de esa idea de la “arquitectura” y su reconstrucción a partir de la sugerente noción de “lo arquitectónico”, visto ahora como un proceso transaccional entre la producción del ser humano “vivo y viviente” –seguro y permanente habitador–, y el diseño, la producción o la construcción de su “entorno físico adecuado, vivible y habitable.” Conviene reconocer que “lo vivo” y lo habitador de ese ser humano necesariamente está vinculado con las dimensiones interdisciplinarias propias de lo biológico, lo psicológico, lo antropológico y lo social. Así, la necesidad de reconstruir el sentido de “lo arquitectónico” resultará pertinente, ya que su significación no se agota a sí misma, sino que se vuelve oportuna a partir de reconocer a aquellas interdisciplinarias dimensiones de lo vivo, lo humano viviente, lo mental pensante y emocional, lo sociocultural y, preferentemente, aquello que sucede en el ámbito socioeconómico. Por ello la necesidad de describir cómo se ha de conjugar, desenvolver y producir la vital permanencia de ese ser humano, y lograr así un entorno habitable, contenedor de lo arquitectónico.

Del fenómeno de lo social del ser humano, en donde se ha de insertar su propia producción y la de lo arquitectónico

Al respecto veamos cómo, por ejemplo, el 12 de julio de 2018 colapsó una parte importante de un centro comercial ubicado en el sur de la Ciudad de México, cuya reciente construcción y proyecto le fue adjudicada  plenamente al célebre arquitecto Sordo Madaleno. En relación con esta obra, abiertamente presume que: “la evolución de mi arquitectura ha sido a través de la experiencia, del trabajo y de realmente ir entendiendo todos los elementos que influyen sobre la construcción y la percepción de un edificio.”2 En sus palabras se nota el espíritu común en esos gloriosos y prestigiados “arquitectos”: la fina presunción y la auto adjudicación de eso que él mismo llama “su arquitectura”, su obra de arte, junto con la referencia a que es producto directo de su “saber construir”, y sobre todo a la manera como esa construcción ha de ser percibida. Ante el derrumbe de la plaza comercial, habrá que esperar si estos galardonados arquitectos asumen alguna responsabilidad respecto de eso que ellos mismos califican como producto de su creatividad proyectual –o lo que resulta finalmente, sea “su propia y sublime arquitectura”–.

Esto exige la duda pertinente de si aquella arquitectura pudiera tener la deseable calidad de lo arquitectónico, en cuyo caso sería producto de la compleja producción de una realidad social en la que han de intervenir diferentes factores y actores; una variedad de agentes sociales que participan en las diferentes fases de ese proceso productivo que resulta ser definitivamente colectivo, y en donde han de estar implícitas otras varias dimensiones del entramado estructural de esa sociedad, como lo social, lo político, lo económico, lo cultural, lo ideológico, lo constructivo, lo tecnológico, lo ambiental, lo mediático y –¿por qué no?– hasta lo estético. Lo sucedido alrededor de un acontecimiento como el derrumbe de una parte de este centro comercial –sospechosamente inaugurado un poco antes del momento de este destructor evento–3 deja entrever un fenómeno que tiene implicaciones para el entendimiento de la efectiva producción y el logro de lo arquitectónico. Ante la catástrofe valen las dudas y desde luego las preguntas: ¿se ha entendido y relacionado a este funesto evento desastroso con la producción de lo inhabitable y con el desempeño genial de los arquitectos? ¿Por qué tanta reclamación, escándalo, ruido y alharaca cuando evidentemente el arquitecto proyectista y constructor finalmente es Sordo? ¿Cómo ha de impactar este tipo de sucesos en el entendimiento de la complejidad de la producción de lo habitable y en el logro de lo arquitectónico? O, en concreto: ¿cómo es que se inauguró esa plaza, de modo que se dio por firme y exitosamente terminada la obra y se dio apertura para ser usada, ocupada y, sobre todo, habitada con seguridad, por una multitud de seres humanos vivos, vivientes y habitadores?

Se puede inferir, a partir de las informaciones surgidas alrededor de lo acontecido, que las relaciones de compromiso dentro del proceso de la producción social de lo arquitectónico son muy frágiles; es decir, que no se asume la responsabilidad por parte de los diferentes y múltiples actores sociales, sobre todo de los arquitectos y los constructores, con respecto a la compleja producción de lo arquitectónico, y lo más probable es que no la entiendan. Evidentemente, estos hechos se leerán como un evento ininteligible, imprevisible, lamentable y peligroso, muy propio de lo catastrófico –es decir, sin causa aparente–; se interpretará como producto del desastre natural, cuando no del desastre humano en el que se deja entrever la fragmentación y la diversidad de la visión y los intereses implicados de los diferentes actores sociales, quienes se involucraron en la gestión de una colectiva y participativa producción de una jugosa “arquitectura”, misma que, al final, no pudo llegar a contener lo habitable, a lograr lo arquitectónico.

De todos modos se sabe que la concepción, el diseño y el proyecto son plenamente adjudicables a los prestigiados empleados arquitectos de don Sordo Madaleno, quien en su página de internet declara: “artz Pedregal, un conjunto […] que promete ser el nuevo ícono en el corazón del sur de la ciudad de México,”4 afirmación que manifiesta la intención de estos profesionales al desarrollar un “proyecto arquitectónico”: indica que producen solamente un “icono”, o sea una mera imagen –hasta religiosa–, la apariencia de algo, una simple iconografía, la pura representación de la semejanza; lo cual incita la suspicacia de saber si con ese genial “proyecto icónico” se puede garantizar la consistencia o la firmeza básica y categóricamente exigida en la construcción, la producción y el logro de lo arquitectónico. Véase con esto que el riesgo de lo proyectual es que genera una “expectativa” o “esperanza” que a veces resulta la necesaria ilusión para iniciar el proceso de la producción, pero que ha de terminar enfrentándose con lo real. Cuando ese tal Sordo Madaleno, el dueño de la empresa, se atreve a señalar que “artz es más que sólo un proyecto, es un espacio que mejora la ciudad y por lo tanto la ‘calidad de vida’ de sus usuarios,”5 conviene reparar –con serenidad– en que no sólo sigue con la auto adjudicación de su maravillosa “obra”, sino que atribuye a ese genial “proyecto” la promesa de la “mejora de la ciudad” y la “calidad de vida”. Así, la expectativa de “lo proyectual” y del espacio parece anteponerse a los límites que llegarán a representar la desconocida producción de lo habitable y de “lo arquitectónico”, por lo que habrá que preguntarle si dentro del “mejoramiento de la ciudad” y la “calidad de vida” va incluida la previsión de que en algún momento una parte del edificio se ha de “derrumbar o colapsar”; ¿acaso esto forma parte de la crasa ignorancia respecto de la demanda de “firmeza” y larga permanencia de lo vivo del “ser humano habitador” de lo espacial de esa útil, firme, muy bella y fundamentalmente habitable edificación?

Cabe revisar la intervención de la no arquitectónica ingeniería estructural, realizada por un contratista que también es dueño de una empresa constructora. Él ha salido a señalar que “el diseño estructural y los cálculos que realizó [fueron] en cumplimiento estricto de la normatividad vigente y atendiendo a los estándares de calidad mundial.”6 Asimismo, se señala que “aseguró que la parte colapsada […] es una estructura metálica que no formó parte de los procesos de cálculo y diseño estructural de la empresa,”7 razón por la cual se “deslinda” de cualquier responsabilidad respecto a lo ocurrido y sobre todo cuando se ha pretendido atender –según el arqui don Sordo– “el mejoramiento de la ciudad” y la “calidad de vida”. Estas declaraciones provocan el reclamo de haber pensado en la ignorada y muy considerable exigencia humana de lo vivo y vivible, la cual hace que el proyecto –que ha de ser arquitectónico para toda la edificación– atienda, con toda previsión, a la demanda de esa permanencia temporal de lo vivo, a la durable pervivencia de lo humano, para así lograr la ancestral “firmeza” vitruviana y la duración de lo concreto del entorno espacial construido, donde se pueda desenvolver sanamente lo habitador de ese humano ser.

Hasta el entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México, José Ramón Amieva, declaró: “es evidente que eso es un caso de negligencia […] Aunque se cuente con todos los permisos, con todas las autorizaciones […] y que eso lo incorpore como parte de la carpeta de investigación.”8

Con esa acusación confirma que los permisos de construcción fueron otorgados por la alcaldía Álvaro Obregón, y con ello que la responsabilidad de lo sucedido no recae en el gobierno, sino en la administración local donde se encuentra la edificación. Y aclaró: “¿Por qué hablo de negligencia?, según lo que percibo, no fue una causa natural; tenemos que investigar cuáles son las causas humanas, tanto de acción como de omisión, que pudieron haber generado el derrumbe.”9 Queda claro que la responsabilidad de la producción de lo habitable y de lo arquitectónico se ignora o no se entiende, y que sólo se llega, con total cinismo, a pensar en un compromiso administrativo.

Cuatro meses antes, al anterior jefe de gobierno de la ciudad se le vio inaugurar la bella plaza. Entonces aseguró:

[…] la verdad es que lo que estableció la Ciudad de México como requisitos para poder llegar a la conclusión de esta obra ha sido estrictamente apegado a las leyes de la ciudad. [Y agregó:] Así que, por todo esto, quiero felicitar al arquitecto Sordo, a su equipo de arquitectos, de ingenieros e inversionistas […] ojalá tengamos muchas de estas obras […] que generen empleo, se necesita activación económica.10

Nótese que incluso destaca la labor colectiva de los diferentes actores o agentes sociales, y no obstante aconteció el colapso. El tal jefe insiste en que hubo “una parte del gobierno […] que tiene que ver con la terminación de la obra y es sólo un trámite.”11 Para estos momentos, frente a la inconsistencia y vulnerabilidad de esas obras, generadoras obligadas de lo habitable y de lo arquitectónico; en el aciago momento de su peligroso colapso o derrumbe, resulta sintomática la sensación de que la chaquetera, huidiza y ausente “arquitectura” lamentablemente se ha quedado huérfana. Lo más grave es que los “arquitectos productores” de la misma –o sea quienes la hacen y después se paran el cuello para que se les reconozca su creatividad–, al no entender nada de lo sucedido demuestran ignorar la elemental demanda substancial de lo arquitectónico, y con ello la indispensable “firmeza”. Con este término nos referimos a la duración temporal de lo viviente, del ser humano, el “habitador”. Las declaraciones anteriores sugieren la postura de que nadie se siente responsable; en consecuencia, cabe esperar que nadie se haga cargo ni se asuma la responsabilidad de los efectos de ese humano desastre o fatal colapso, cuya eventualidad debe ser considerada en la prevención profesional (el diseño).

Véase, para el momento en el que se soltaron las notas citadas, la Procuraduría General de Justicia había realizado una serie de peritajes que indicaron que: “se encontraron deficiencias en la estructura, trabes y una jardinera que causó sobrepeso.”12 Sin embargo, debería haber considerado y entendido que la falla se inició desde la creativa habilidad del diseño proyectual, propia de la cuestionable asociación del prestigioso y genial “arquitecto”, del calculista y de todos los fieles servidores del dueño del consorcio, cuando se decidió que esa vistosa área del edificio debería resolverse estructuralmente en la forma flotante y volada de un cantiléver. Este elemento se hizo sin considerar que cargaría una abundante, choncha y paisajista jardinera, que muy probablemente determinó el peligroso y desastroso colapso, producto ulterior del frágil entramado y de lo insuficiente de las secciones de vigas de la estructura. De modo que la edificación que debería conformar un entorno habitable alarmantemente resultó escasa de “firmeza”, fue incapaz de atender sus exigencias y preservar la necesaria y demandada permanencia habitadora de “lo vivo” y de la duración de “lo humano”, que ya debería saberse que se refiere a la indispensable habitabilidad, a la atención a “lo vivible” y a lo consecuente de lo arquitectónico.

Casos como el anterior son reveladores de la natural incapacidad de ese colectivo responsable –es decir, del consorcio de agentes sociales– en el cual ha de intervenir el experto en el diseño arquitectónico o el arquitecto proyectista, sobre todo para desarrollar una necesaria actitud de “prevención” respecto de la demanda de la permanente producción de lo humano; actitud que determina la firme formalidad y la durable estructura con la que, a su vez, se ha de producir no sólo la construcción o la edificación del adecuado y vivible entorno, sino la calidad substancial de lo habitable y de lo arquitectónico. Parece que, para este caso, no se consiguió la relación entre la “labor meramente instrumental” que implica la concreta materialización de una edificación, y el sentido intencional, psicosocial, cultural y hasta simbólico con el que se ha de producir ese durable y firme “entorno humano construido”. Por ello resulta sugerente que, ante al colapso del edificio, ninguno de los agentes sociales que intervinieron en la producción material y en lo deliberado de esa edificación (los audaces inversionistas, los geniales arquitectos-proyectistas, los sólidos ingenieros constructores y hasta los rudos agentes del gobierno) se haya manifestado como corresponsables de lo lamentablemente acontecido. Esto es lo que ha suscitado la necesidad de entender cómo, en esas circunstancias, deberán considerarse las condiciones biopsicológicas, y muy especialmente las socioculturales y antropológicas de lo humano, con las que se pueda ubicar e insertar la precisa producción de lo arquitectónico.

Localización de la zona del Río Nuevo (2017). Fuente: Elaboración propia sobre imágenes de Inegi

Una aproximación a lo habitable, a lo sociocultural de lo humano y al consecuente proceso productivo de lo arquitectónico

Es de preverse que la caracterización de lo biopsicosociocultural y antropológico de la producción de lo humano tiene gran impacto en el efectivo proceso de la producción de “lo habitable del entorno construible” y de “lo arquitectónico”. De ahí que resulte ser complejo y nebuloso en principio, razones para contactar a mi buen maestro, el sociólogo y economista francés Don Alain Touraine, quien de entrada nos advierte que vivimos en un mundo donde:

[Las] informaciones, los capitales y las mercancías atraviesan las fronteras. Lo que estaba alejado se acerca y el pasado se convierte en presente. El desarrollo ya no es la serie de etapas a través de las cuales una sociedad sale del subdesarrollo, y la modernidad ya no sucede a la tradición; todo se mezcla; el espacio y el tiempo se comprimen. En vastos sectores del mundo se debilitan los controles “sociales y culturales” establecidos por los Estados, las iglesias, las familias o las escuelas, y la frontera entre lo normal y lo patológico, lo permitido y lo prohibido, pierde su nitidez.13

Ya ha surgido una sociedad, una cultura y hasta “la diversidad de lo humano” definitivamente globalizadas; ante ello cualquiera se ha de preguntar: ¿cómo es que ahora, en esta nueva y ruda cercanía, indistinta y hasta trabada, de la diversidad de lo humano se ha de poder vivir e incluso habitar? ¿En dónde se ha de producir o lograr lo arquitectónico? Véase cómo este nuevo mundo compacto, compartido y potencializado por los medios masivos de comunicación nos hace “ser” un tanto cuanto semejantes, biopsicosocial y culturalmente; consumimos los mismos programas de televisión, noticias, películas, libros, el vestido, los mismos softwares, las “ideas de la arquitectura”, las páginas web, etcétera. En la actualidad, la nefasta liberación de los mercados nos exige consumir los mismos productos y producir la misma mimética arquitectura que no logra finalmente llegar a ser arquitectónica. De modo que ésta nos demanda comunicarnos a través de un sólo idioma o estilo dominante, compartido entre muy distintas culturas, con las que se ha de imponer una situación en la que todos los medios de comunicación, los bienes de consumo y los mercados financieros se instalen, desenvuelvan y arraiguen en la totalidad sociocultural de la vital existencia humana y de sus vitales productos.

El significado de la globalización es que algunas tecnologías, algunos instrumentos, algunos mensajes, están presentes en todas partes, es decir no están en ninguna, no se vinculan a ninguna sociedad ni a ninguna cultura en particular […] entre las familias y las escuelas se genera una socialización de la cultura de masas, que hace que sólo vivamos juntos en la medida en que hacemos los mismos gestos y utilizamos los mismos objetos, sin ser capaces de comunicarnos […] Cultura y economía, mundo instrumental y mundo simbólico se separan.14

Con estas descripciones, mi buen Touraine propone y alienta regresar a la “pertinencia de la duda” en el ámbito propio de una teorización crítica, para pensar y revisar el sentido de esa globalización y de la producción de lo arquitectónico. Sobre todo cabe cuestionar si, en el ámbito de lo biopsicocial y de lo sociocultural, se ha de dar esta separación entre “lo instrumental” –que en el caso de la producción de la “arquitectura” estaría dado por el substancial y concreto hecho de “construir”–, y “lo simbólico” –conformado por la razón de ser, la finalidad o los principios de esa “arquitectura”, y el consecuente sentido substancial e interrogante del “qué”, el “para qué” y del “para quién”, sobre todo “para quienes” se ha de construir o edificar–. De modo que se ha de volver a definir y soportar la misma acción del bien construir para finalmente intervenir en la producción específica de “lo habitable” y el logro definitivo de “lo arquitectónico”.

Todo esto parece indicar que la sociedad, en esta compacta aldea cada vez más global, es gradualmente más frágil en cuanto a su resistencia al impacto de la diversidad humana de intereses por parte de los agentes sociales que intervienen, y consecuentemente también en las diferencias del hacer o el producir. A propósito de esto, mi amigo demócrata y sociólogo Don Touraine, nos dice que:

[Es] cierto que vivimos un poco más juntos en todo el planeta […], que se fortalecen y multiplican los agrupamientos comunitarios […], la pertenencia común, las sectas, los cultos, los nacionalismos, y que las […] comunidades se reúnen estrechamente en el mismo territorio, sociedad, cultura y poder bajo una autoridad religiosa, cultural, étnica o política en la que no encuentran su legitimidad en la soberanía popular o la eficiencia económica, y ni siquiera en la conquista militar, sino en los dioses, los mitos o las tradiciones de una comunidad. Cuando estamos todos juntos no tenemos casi nada en común, y cuando compartimos unas creencias y una historia, rechazamos a quienes son diferentes de nosotros.15

Notemos que es en esta múltiple diversidad sociocultural donde se ha de encontrar inserta la propia y trascendente producción biopsicosocioantropológica del ser humano vivo y la de lo arquitectónico. Por tanto, se han de fijar o establecer los diversos intereses por parte de la variedad de actores o agentes sociales que la intervienen, que participan en la ya compleja producción sociocultural de lo arquitectónico; en última instancia, tal asociativa presencia productiva no ha de ser necesariamente compartida.

Debe entonces entenderse que en el ámbito contemporáneo se han de generar fenómenos como el intento de una nueva gestión comunitaria, resultado del influjo de la cultura de masas. Ésta abarca el limitable y concentrado ámbito privado, así como la extensión del ámbito público.

Por su parte, en estos dos ámbitos se debe estar dispuesto a defender la heredada identidad cultural, y a la vez alentar la desintegración social de esa cultura en beneficio de la inevitable globalización. Ese tenso equilibrio entre la ley y la costumbre, o entre la razón y la creencia, termina por quebrarse, “se derrumba como los Estados nacionales, que por un lado son invadidos por esa cultura de masas y por el otro, fragmentados por el retorno del sentido de las comunidades.”16

Y así, debe entenderse que la forma como se constituye esta sociedad y se construyen sus entornos genera un singular dilema que Don Touraine explica:

Esta ruptura entre el mundo instrumental y el mundo simbólico, entre la técnica y los valores […] Somos a la vez de aquí y de todas partes, es decir, de ninguna. Se debilitaron los vínculos que, a través de las instituciones, la lengua y la educación, la sociedad, establecía en nuestra memoria y nuestra participación impersonal en la sociedad de producción, y nos quedamos con la gestión, sin mediaciones ni garantías, de esos dos órdenes separados de experiencia. Lo que hace pesar sobre cada uno de nosotros una dificultad creciente para definir nuestra personalidad que, en efecto, pierde irremediablemente toda unidad a medida que deja de ser un conjunto coherente de roles sociales.17

No obstante, la precisa “dimensión de lo arquitectónico” de todas formas se ha de encontrar bien inserta en esa ambigua dualidad de lo humano, en la que lo permanentemente vivo y “lo social” son el fundamento de la singular producción de esa dimensión y de esa magnitud plenamente referentes de lo arquitectónico. Por tanto, la histórica actividad humana, productiva y arquitectónica ha de interpretarse como una muy humana labor. En ella, por un lado, se han de dar los aspectos meramente objetivos, materiales, constructivos, propios del conocimiento práctico, técnico y de firme concreción; por el otro, los aspectos meramente subjetivos, cognitivos, conceptuales, disciplinares, simbólicos y hasta compositivos. Entre éstos últimos, a su vez se ha de dar el ensamblaje de los saberes enteléquicos y pragmáticos con las naturales habilidades productivas concretas, con las que se ha de conformar el sentido mismo del logro y de la producción de la dimensión efectiva de lo arquitectónico.

Frente a este enmarañado panorama, resulta por lo menos pertinente establecer un ejercicio libre de ilusiones respecto a la necesaria mediación reflexiva entre “lo meramente pragmático y hasta técnico” y “lo meramente simbólico y hasta lo sociocultural”; en este polo –en nuestro caso–, estaría ya la cuidada consideración de la existencia de lo biopsicosocioantropológico y económico-político del ser humano “vivo, viviente y habitador”, en tanto que nos guía hacia el proceso de la producción espacial de un entorno físico y habitable y, por lo tanto, hacia el logro de lo arquitectónico, que deberá intervenir en la adecuada producción de esa existencia de lo vivo, de lo habitador y de lo humano.

La recuperación de lo biopsicosocioantropológico del ser humano vivo, vivible y habitador y la producción de lo arquitectónico

Preveamos que la caracterización de lo sociocultural y lo económico- político, con respecto a la producción de lo habitable y por ende de lo arquitectónico, va a exigir que nos centremos y nos liberemos de lo iluso de las académicas posturas de esta revisable profesión, sobre todo al recuperar ese enfoque central, interdisciplinar, de lo biopsicosocioantropológico de la producción de la naturaleza del ser humano vivo y habitador.

Para ello conviene reconstruir el sentido de la dimensión histórica de lo arquitectónico a partir del examen de la consistencia y la duración temporal de la “naturaleza humana”, y especialmente de la permanencia de “lo vivo”, así como de lo humano y habitador de dicho ser humano. Desde la interdisciplina nos preguntamos si efectivamente ha de caber lo biopsicosocioantropológico aunado a lo económico-político y a lo ideológico de esa naturaleza humana, y lo cultural de todo ello.

En ese sentido, conviene considerar al antropólogo y sagaz filósofo Don Marshall Sahlins, quien para el caso amablemente nos sugiere que “una y otra vez, durante más de dos milenios, aquéllos a quienes llamamos ‘occidentales’ han estado obsesionados con el espectro de su propio ser interior: una aparición de la naturaleza humana tan codiciosa y pugnaz que, a menos que sea gobernada de alguna manera, reducirá a la sociedad a la anarquía.”18 Entonces habría que considerar la precisa referencia a esa naturaleza observable de “lo humano” como algo naturalmente belicoso, que tiene que ser controlado, que ha generado la exigencia de regulación de la básica condición espacial de lo identitario y la apropiación territorial; esto apela a su propia “animalidad”, misma que deberá ser entendida como parte esencial de esa su naturaleza.

De modo que debemos recordar y entender cómo, desde la esfera de lo socioeconómico y lo político, se ha tratado de controlar a la considerable “naturaleza de lo humano” a través de diversas instancias, como la “autoridad monárquica” o el “equilibrio republicano”. Sea de una u otra manera, Don Sahlins nos advierte que eso “es una metafísica específicamente occidental, ya que supone una oposición entre naturaleza y cultura […] que contrasta con las concepciones de muchos pueblos, a cuyo juicio las bestias son básicamente humanas, en vez de que los humanos sean básicamente bestias.”19 Se nos sugiere, entonces, que algo ha de caracterizar a la propia naturaleza de “lo humano” y a la de su hábitat, y que eso deberá considerarse en la dualidad de los procesos productivos ya propuestos y en especial para el efectivo logro de la dimensión específica de lo arquitectónico.

Habrá que afrontar específicamente la cuestión de la consideración de la naturaleza de “lo humano”, en tanto que soporte del intento reflexivo, del entendimiento del proceso productivo y del logro de lo arquitectónico. Esto puede resultar una empresa algo conflictiva, por lo cual seguiremos consultando al buen Sahlins. Para el caso, nos exige ir a contracorriente de cualquier “determinismo genético” que nos imponga que “somos sirvientes involuntarios de nuestras disposiciones animales.” 20 Nos advierte que tal idea provoca una ruda situación “ilusoria”, generadora de la engañosa creencia de que, de manera exclusiva, “lo natural” de ese ser humano –en su natural sentido activo, competitivo y hasta pugnaz– define y genera la formalidad de “lo cultural”. De ello resulta la creencia de que se pueda producir así hasta lo arquitectónico, cuando en realidad debe teorizarse para saber y entender que “la naturaleza” de ese ser reside en lo que natural, biológica, orgánica, psicológica y socioantropológicamente ha de producir a un ser humano, dotado de una orgánica, somática y constante vivacidad, a partir de lo cual la naturaleza se ha de reproducir. En paralelo, de manera psicosocial y culturalmente, ese mismo ser se ha de producir a sí mismo; es decir, se complementará en el sentido preciso de lo humano del ser humano, que finalmente ha de ser el artificio de sí mismo: lo natural socializado y culturizado. Como parte integral de ello, a su vez, se ha de producir el ámbito, lo espacial y lo habitable: el adecuado “entorno físico”, diseñado, construido y vivible donde se produce y logra no solamente la edificación o la arquitectura, sino hasta lo arquitectónico de todo ello.

A medida que entendemos nuestra condición también se aclara el proceso de la producción de “lo humano”, lo vivo y lo habitador de ello, y nuestra naturaleza se revela muy diversa. Adicionalmente, cuando la forma de observación de nuestra condición haga referencia al sentido de la pertenencia, de la raza o la etnia, de ser pueblo o cultura, de ser costumbre o herencia, entonces se percibe mejor la manera como los seres humanos se relacionan con el mundo o lo habitable de su entorno. Estos matices y sus gradientes son relevantes. De ahí que Don Sahlins comente:

[Las] plantas y los animales importantes para la gente, así como los rasgos del paisaje, los cuerpos celestes, los fenómenos meteorológicos, incluso ciertos artefactos, también son seres o personas con los atributos de la humanidad, dotadas a veces de la apariencia de ésta, como en los sueños y las visiones. Igual que los seres humanos, estas otras especies de personas tienen almas, o los espíritus las han dotado de ellas; de ahí que hasta tengan cualidades tales como conciencia, inteligencia, intencionalidad, movilidad y emotividad, así como la capacidad de comunicarse significativamente entre sí y con la gente.21

Este planteamiento, un tanto extraño para nuestra frágil mentalidad, implica que no ha de haber realmente una plena diferencia o separación concreta entre lo físico, lo subjetivo, lo significativo y lo simbólico del “entorno diseñado, construido y habitable”, y la existencia de lo humano producido, vivo y habitador. Es más, nos indica que, en el sentido de la transactiva relación entre ese entorno físico, las “cosas” que en él se producen y el propio ser humano que lo habita están ligados plena, intensamente; sobre todo de manera estructuralmente simbólica.

En consecuencia, ya se puede suponer y probablemente hasta entender que la relación entre el proceso productivo de “lo humano vivo” y la necesaria producción humana de su entorno físico deberá ocurrir paralela y simultáneamente, de manera tal que el entorno construible fácilmente llegue a ser habitable, y con ello el entorno construido logre contener a lo arquitectónico. Esto no es producto exclusivo de una simple relación “instrumental”, sólo referida al anclaje psicobiológico como satisfactor de las “vitales necesidades”, o al afianzamiento científico como aplicación de una “técnica”, o al amarre político como solucionador de “problemas”, o a la sujeción económica como relación de “costo-beneficio”; desde nuestro punto de vista, la relación entre la producción del “ser humano vivo y habitador” y la correspondiente de “su entorno diseñado y construido”, deberá ser entendida como la parte fundamental de la misma producción y pervivencia de lo humano de ese ser, y de la dimensión simbólica de “lo consecuentemente arquitectónico”.

Véase que, en este sentido, considerar a la producción y construcción del entorno físico sólo como un medio –y, claro, destinado a un fin– es seguir el juego de la dudosa idea de una simple relación instrumental que ocasionalmente no reconoce la trascendente producción de lo humano dentro del proceso constructivo. Por lo demás, esto no tiene nada que ver con la obvia idea de que sea realizado por seres humanos, y sí con las relaciones significativas o simbólicas que se han de dar respecto a lo específicamente producido. A su vez, se deberá enfrentar la idea de que la naturaleza de ese ser humano está anclada a la concepción de una leve y natural “bestialidad y lo salvaje”; es decir, aquélla que acepta que “el hombre ha de ser el lobo del hombre” y que concluye que el hombre viva sujeto a sus más oscuros y naturales instintos. Por fortuna, Don Sahlins nos ayudará al subrayar que “no hay nada tan perverso en la naturaleza como nuestra idea de la naturaleza humana cuando ésta ha de ser fruto de nuestra imaginación cultural.”22

Hasta aquí ha quedado esclarecida la dimensión de la simultánea producción de lo humano y de lo arquitectónico, reconociendo que tal labor no se ha de poder lograr por un simple decreto normativo e institucional, o por la revisable experiencia y los entendimientos de los arquitectos, ni por el típico voluntarismo académico. Por el contrario, todo ello necesariamente ha de pasar por la conjunción de interacciones sociales dadas a partir de actos de reciprocidad e interdependencia entre los muchos y muy diferentes actores o agentes sociales que participan en la compleja y singular producción integral de lo humano y lo arquitectónico.

De todas formas, conviene señalar, junto con Don Sahlins, que aquello que llegue a ser la naturaleza de “lo humano” será en principio una forma cultural compleja, dada desde una estructura vitalmente social. Tal es la sugerente aportación que se hace para nuestro entendimiento. Lo original de la existencia de esa compleja “naturaleza humana” es la dimensión prevalentemente cultural, además de la básica dimensión biológica. Don Sahlins logra conjugar ambas: “[La] cultura es más antigua que el Homo sapiens, mucho más antigua, y fue una condición fundamental del desarrollo biológico de la especie. Las evidencias de la existencia de cultura en la línea humana se remontan a unos tres millones de años, mientras que la actual forma humana tiene sólo uno cientos de años.”23 A partir de este argumento darwiniano entendemos que la evolución biológica en los seres humanos durante aproximadamente tres millones de años es producto primordialmente no sólo de la “selección natural”, sino de la “selección cultural”, lo cual supone que debe haber habido cultura antes que naturaleza. Con su fina visión antropológica y contemporánea, Don Sahlins se permite asegurar que “la cultura es la naturaleza humana.”24

Las implicaciones de este planteamiento nos acercan al entendimiento de lo que se podría señalar como la naturaleza de “lo humano”, donde,

llevar una vida de acuerdo con la cultura significa tener la capacidad y conocer la necesidad de alcanzar simbólicamente nuestras inclinaciones corporales, es decir, según determinaciones significativas sobre nosotros y sobre los objetos de nuestra existencia. Este abarcamiento simbólico del cuerpo, de sus necesidades e impulsos, fue el efecto significativo que tuvo la larga historia de la selección cultural de la cual surgió el Homo sapiens.25

De ahí que la relación que establecemos con el “entorno físico construido” no es de carácter meramente instrumental, sino que se liga significativamente a la propia y plena existencia del ser humano, en tanto que ser vivo y el más apto habitante de un adecuado y congruente, apropiable y habitable, o vivible, entorno.

Esto representa la construcción simbólica que pesa sobre la noción de “lo arquitectónico”. A su vez, abre la vía para reflexionar sobre el sentido del diseñar y del construir, y sobre todo de plantear y lograr la resignificación de la producción de una auténtica “arquitectura”, aquélla que no se limite a una actividad que se legitime a sí misma, sino que se ligue plenamente con la dimensión de la producción de “lo humano” y lo vivo, lo viviente y lo habitable, en su diversidad y en su extensión biopsicosocioantropológica –fundamentalmente cultural– en la que ha de poderse lograr la producción plena de lo arquitectónico.

Los condominios Monte Albán, de la promesa a la ruina

Un anuncio publicitario del diario local La Voz de la Frontera, con fecha del sábado 19 de agosto de 1967, promovía una “Ciudad Florida, un oasis en el corazón de Mexicali”, aunque en la imagen también se observaba el título “Condominios Mexicali”. Este conjunto finalmente adquirió el nombre de Monte Albán y fue el segundo de los pocos desarrollos habitacionales de edificación vertical con espacios abiertos de uso común en la ciudad.

NOTAS

1 Este texto ha sido producto de la azarosa comprensión de lo sustancial de una labor de teorización, en la que se han dado los primeros entendimientos del sentido de la “dimensión de lo arquitectónico” y con ello de “la habitabilidad”, por ahora basados en un relevante enfoque interdisciplinario en el que se ha perfilado esa rara o complicada idea de una simultánea y transactiva relación entre los medios de la producción, la forma de un entorno humano diseñable, construible y habitable, y los medios de la producción de lo humano, vivo y viviente.

2 “Javier Sordo Madaleno Bringas”, Estudio Sordo Madaleno Arquitectos, consultado el 13 de julio de 2018, http://www.sordomadaleno.com/sma/es/staff/javier-sordo-madaleno- bringas.

3 “ARTZ Pedregal”, Estudio Sordo Madaleno Arquitectos, consultado el 13 de julio de 2018, http://www.sordomadaleno.com/sma/es/projects-sm/artz.

4 “ARTZ Pedregal”.

5 “ARTZ Pedregal”.

6 Ariel Ojeda, “Grupo Riobóo se deslinda de parte colapsada en Plaza Artz Pedregal”, El Universal, 13 de julio de 2018, http://www.eluniversal.com.mx/metropoli/cdmx/grupo- rioboo-se-deslinda-de-parte-colapsada-en-plaza-artz-pedregal.

7 A. Ojeda, “Grupo Riobóo se deslinda de parte…”

8 Phenélope Aldaz, “Derrumbe de estructura de Plaza Artz, un caso de negligencia: Amieva”, El Universal, 12 de julio de 2018, http://www.eluniversal.com.mx/metropoli/ cdmx/derrumbe-de-estructura-de-plaza-artz-un-caso-de-negligencia-amieva.

9 P. Aldaz, “Negligencia, en Plaza Artz”, El Universal, 13 de julio de 2018, http://www. eluniversal.com.mx/metropoli/cdmx/negligencia-en-plaza-artz.

10 M. Hernández, “Así inauguró Miguel Ángel Mancera la Plaza Artz Pedregal”, Radio Fórmula, 12 de julio de 2018, https://www.radioformula.com.mx/noticias/20180712/ asi-inauguro-miguel-aacute-ngel-mancera-la-plaza-artz-pedregal-video/.

11 Redacción, “Delegación Álvaro Obregón verificó terminación de Plaza Artz Pedregal: Mancera”, El Universal, 13 de julio de 2018, http://www.eluniversal.com.mx/metropoli/ cdmx/delegacion-alvaro-obregon-quien-verifico-terminacion-de-plaza-artz-pedregal- mancera.

12 Redacción, “Sobrepeso en terraza de Plaza Artz, una de las causas del derrumbe”, El Universal, 13 de julio de 2018, http://www.eluniversal.com.mx/metropoli/cdmx/sobrepeso- y-trabes-no-concordantes-lo-hallado-en-plaza-artz.

13 Alan Touraine, ¿Podremos vivir juntos? (México: Fondo de Cultura Económica, 2014), 9.

14 A. Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, 10.

15 A. Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, 10.

16 A. Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, 11.

17 A. Touraine, ¿Podremos vivir juntos?, 12.

18 Marshall Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana (México: Fondo de Cultura Económica, 2011), 19.

19 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 19.

20 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 20.

21 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 102-103.

22 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 112.

23 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 117.

24 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 118.

25 M. Sahlins, La ilusión occidental de la naturaleza humana, 118-119.

Héctor García Olvera
Universidad Nacional Autónoma de México, México
hgo@unam.mx

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DOI: http://dx.doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2019.20.72315