Introducción

El presente estudio se inscribe en la corriente de la historia cultural con el enfoque de las representaciones y en el nivel de imaginarios del espacio. Esto permite trascender los límites de modelos, presupuestos o escuelas de disciplinas particulares en aras de aglutinar diversos campos de investigación. De este modo, el paisaje no es tratado como un objeto de estudio en sentido estricto, sino como tema, mostrándose así como un cuadro pintoresco cargado de valores y signos interpretables.

En consecuencia, esta concepción entraña la historia de la elaboración cultural que una comunidad de sentido hizo de la presencia del volcán Citlaltépetl como espacio vivido, percibido y concebido, conjugando ritmos, tiempos y contextos diversos que decantaron en la configuración urbano-arquitectónica de Orizaba hacia el siglo xix.

El sistema volcánico

El paisaje orográfico mexicano presenta un suelo muy accidentado, con una gran cantidad de cordilleras, volcanes, montañas, montes y colinas. Es una de las pocas regiones en el mundo cuya complejidad de elevaciones abarca alrededor de dos mil volcanes, donde se conservan los más relevantes en una franja que cruza el territorio de costa a costa, sobre un régimen ortogonal de fracturas que cortan la corteza terrestre en un recorrido zigzagueante y con transcurrencias o desplazamientos horizontales extensos –una banda de 900 kilómetros de longitud por una anchura que va de los veinte a los 300 kilómetros, ubicada a lo largo del paralelo de 19 grados de latitud norte–. A su vez, los que constituyen este llamado Eje Volcánico Transversal Mexicano (evtm)1 presentan una variedad prodigiosa de formas, edades, estados de preservación, grado de actividad y áreas de congesta, así como propiedades fenomenológicas que los clasifican en: inquietos, desconocidos, ocultos, marinos, campales, emisarios y silenciosos.2 A esta diversidad se suma que forman sistemas binarios, al localizarse un volcán antiguo y otro posterior sobre una misma falla.

Por su imponente presencia, los volcanes han sido puntos de referencia fundamental en el territorio, marcadores conspicuos del paisaje; también generosos benefactores, ya que el deshielo de sus elevadas cumbres genera importantes cauces hidrológicos y los nutrientes de sus cenizas fertilizan las tierras cercanas. De ahí que se establecieran grandes masas de población en sus faldas, contorneando así sus poblados o ciudades perfilando el horizonte de la vida cotidiana y condicionan las prácticas socioculturales, importancia que en su momento les dio la categoría de epónimos o los hizo influir con vehemencia en la toponimia.

En este tenor, a través del tiempo se fue conformando un culto a estas elevadas estructuras geológicas, ya fuera de carácter sacro, ilustrado o afectuoso, el cual las asimilaba de acuerdo con criterios simbólicos, científicos, político-económicos, comerciales, culturales o perceptivos.

Por tanto, han tenido un papel predominante en el sistema de representaciones, en la construcción de relatos, en los procesos de emplazamiento y de configuración urbano-arquitectónica, en la conformación territorial y en la constitución de la identidad colectiva.

El Citlaltépetl

Este volcán pertenece a la fase volcánica más reciente del evtm –la séptima, con un millón y medio de años de antigüedad– y es la montaña mexicana más alta con poco más de 5,610 metros sobre el nivel del mar (m.s.n.m) y la tercera de América del Norte.3 Su característica forma cónica de cumbre nevada y cráter ovalado presenta también una cantidad considerable de pequeños relieves y xalapascos a su alrededor.4 En la historia eruptiva de este estratovolcán de actividad intermitente figuran alrededor de 23 erupciones desde hace 12,900 años; se ha registrado en fechas históricas eventos efusivos con flujos de lava en los siglos xiv y xvi, episodios moderados en el xvii y su entrada a fase fumarólica con emisión de ceniza gris hasta 1846, año a partir del cual se ha mantenido en reposo.

Ha recibido distintas denominaciones, la mayoría derivadas del náhuatl. La más conocida es Citlaltépetl que significa “monte de la estrella” (citlali, estrella; tepetl, monte), vinculada con la tradición mítica que lo asocia con el lugar donde los pobladores totonacas le tributaron honores fúnebres al legendario Quetzalcóatl, la “sierpe armada de plumas” que hacía prósperos los pueblos, cuyos restos mortales llevaron a la cima del Poyauhcan (“lugar de nieblas”) para que su espíritu se transformara en quetzal, se remontara al cielo y se dirigiera hacia el mar hasta desaparecer, no sin antes dejar una “estrella” sobre la cúspide que lo cobijó. Esta “estrella de la mañana” es el planeta Venus que parece posarse sobre el cráter del volcán conforme avanza la noche y cuyo culto adquirió importancia en la región durante el Epiclásico (600-900 años de la era común).

El nombre de Poyauhcan (también Poyautlan o Poyauhtecatl, “el que habita entre nieblas”), refiere al mítico sitio frío atestado de caudales de agua que sirve como habitación de Tláloc, deidad mesoamericana del agua celeste. Tras la conquista española se le ha conocido como: Nuestra

Señora de las Nieves, Volcán de San Andrés –por su proximidad a San Andrés Chalchicomula, hoy Ciudad Serdán–, Sierra de Maltrata, Sierra de Tecamachalco y Pico de Orizaba, la denominación habitual que lo vincula con el antiguo valle de Ahauializapan que se abría a sus pies en la época prehispánica, pero cuyo vocablo también de origen náhuatl se fue adaptando al oído y fonética castellana hasta derivar en Orizaba.

De manera local se le nombró Iztactépetl, “montaña blanca”, por su cumbre permanentemente nevada. En este tenor, dado que forma un sistema binario con la adyacente Sierra Negra –un apagado cono volcánico estratificado de formación más antigua y con 4,585 m.s.n.m–, a ésta se le llamó Iztactépetl Icni por ser “hermana de la montaña blanca”, Atlitzin o “nuestra señora del agua” y Tliltépetl, “montaña negra”. Al respecto, cabe recordar que en la cosmovisión mesoamericana las formas cónicas o trapezoidales se asociaban con lo masculino, así como las extendidas, alargadas o redondeadas con lo femenino.

Es importante señalar que más allá de la referencia léxica en torno a tales denominaciones, su importancia radica en sus expresiones cargadas de valores culturales, las cuales influirán en la posterior configuración urbano-arquitectónica de Orizaba, como se explica más adelante.

Legado prehispánico

La importancia del Citlaltépetl para los antiguos quedó plasmada en escasos documentos; uno de ellos es el Códice Vindobonensis o Yuta Tnoho, de carácter pictográfico y origen mixteca.5 Sus muchos signos toponímicos se extienden a lo largo de sus 52 láminas; en la 39 aparece el volcán junto con otros tres nevados del valle central, por su probable relación con la residencia del Señor 9 Viento “Quetzalcóatl”.6 Del mismo modo, se encuentra representado en los dos primeros de los cuatro Mapas de Cuauhtinchan, producidos en el pueblo del mismo nombre en el siglo xvi con base en los originales prehispánicos para exponer el conflicto librado entre los grupos tolteca-chichimeca y los olmecaxicalanca.7 También figura en el “Mapa pintado” que señala los linderos entre Totomihuacan y Cuauhtinchan, adquirido por el historiador Lorenzo Boturini (1688-1755). Este plano acompaña los 50 folios escritos en náhuatl e ilustrados con escenas pictográficas y viñetas jeroglíficas de la Historia Tolteca-Chichimeca que, si bien data de mediados del siglo xvi, en su manufactura se reproducen géneros indígenas para describir los orígenes y la historia del pueblo de Cuauhtinchan.8

Al respecto, el hecho de que los documentos arriba mencionados procedan de culturas distintas permite destacar dos aspectos importantes: primero, la concepción prehispánica generalizada sobre la “montaña sagrada”, la cual estaba ligada a la idea mesoamericana de “territorio” –marcado por un centro con significado sacro– y a la creencia de que todo tipo de riquezas se encontraban resguardadas al interior de esas prominentes masas de tierra; el volcán entonces representaba lo mismo para todas las culturas, independientemente de su cosmovisión. Segundo, las aludidas representaciones del Citlaltépetl se asocian con parte de la historia tolteca, legitimando con ello el asentamiento de este grupo en la meseta de Chalchicomula, ubicada en el somonte del volcán en el flanco poniente, al inicio del periodo Epiclásico.

Asimismo, los nonoalcas tuvieron asentamientos durante el Posclásico Temprano y Medio (900-1350 e.c.) en lo que hoy día corresponde a las regiones de Tehuacán, Zongolica y Orizaba. Sin embargo, no fueron los únicos: hubo aldeas en todo el piedemonte, algunas incluso del Preclásico.

(2,500 a.e.c.-200 e.c.), mas su rastro fue borrado por la misma actividad volcánica y la erosión resultante. En consecuencia, pocos son los vestigios arqueológicos al respecto.

El emplazamiento que se consideraba más importante en la zona del volcán hasta el siglo pasado era el de las siete bocaminas de obsidiana ubicadas en el flanco norte, algunas con restos de estructuras arquitectónicas o de huellas habitacionales que posicionaron a la minería como una actividad productiva esencial y, muy probablemente, controlada por un altepetl.9 Este sitio denota una especialización en la manufactura de navajas prismáticas e instrumentos bifaciales (trabajados por ambas caras) elaborados con la roca volcánica propia de esta montaña, de color gris translúcido y veteado.

A partir de las prospecciones realizadas en los últimos veinticinco años, se han descubierto otros quince sitios arqueológicos entre los 3,760 y los 4,700 m.s.n.m.,10 cuyos vestigios consisten en lítica, fragmentos de obsidiana, material cerámico (negro, naranja, con engobes blanco o rojo), sahumadores tubulares con mango, cajetes, ollas, vasijas, un xicalli (pocillo horadado en la roca) y navajas.11 El valor de estos sencillos restos está en la altitud en que se encontraron, dado que no sólo indica la capacidad de los antiguos pobladores de superar fronteras naturales e inclemencias, sino también el papel primordial que el volcán desempeñaba como fuente de materias primas, las cuales tuvieron impacto en la vida cotidiana, en aspectos rituales derivados de su cosmovisión y en actividades comerciales.

En este tenor, las bondades del Citlaltépetl contribuyeron a la organización de un amplio sistema de comercio interregional, el cual fue un aspecto preeminente en el emplazamiento de Ahauializapan (Orizaba) desde la época prehispánica. Las principales rutas para el intercambio de materias primas y productos manufacturados atravesaban el costado de la Sierra Negra, así como lo que hoy en día se conoce como la Sierra de Zongolica y el valle de Tehuacán por Acultzingo, para llegar al centro comercial mencionado y que compete al presente estudio. A través de estos enlaces se abasteció de obsidiana a las avanzadas militares, se trocaron figurillas y utensilios cerámicos, además de las navajillas prismáticas. Estas últimas están asociadas a contextos domésticos y a actividades específicas, como la manufactura de moldes para eliminar la humedad de la sal, materia que gozaba de un sustancial valor de cambio, y para hacer pan ácimo (de maíz seco, tostado y salado).

Recientemente, en marzo del año 2018, se descubrió un sitio arqueológico en el lado oeste del volcán, donde no había registros anteriores, a 4,230 m.s.n.m.. Se trata de una estructura cuadrangular de 1,188 m2, con paredes de 34.46 m, un acceso de 4.6 m orientado al poniente y otro de dos metros hacia el norte. Al parecer es un tetzacualco, un observatorio astronómico con uso de rituales propiciatorios de lluvia.12 A propósito de la importancia de este hallazgo, cabría destacar la necesidad de nuevas prospecciones en el costado este, es decir, en el valle orizabeño, debido a su trascendencia como centro comercial en la región de las grandes montañas durante la época prehispánica. Sobre todo si se considera que en Torrecillas Rojas falta esclarecer la presencia de restos de una estructura arquitectónica y estudiar el significado de las diecinueve esculturas sedentes o xantiles que desde hace poco más de un siglo se han ido encontrando en laderas y cuevas de la zona.13 Tales estudios permitirían comprender mejor la relación del volcán con el emplazamiento y la configuración de Ahauializapan.

Etapa colonial

La conquista de México por parte de los españoles, la presencia histórica de Hernán Cortés (1485-1547) y la ruta que siguió desde la Villa Rica de la Vera Cruz14 hacia Tenochtitlán configuraron una imagen asociada con la “entrada” al territorio mexicano −la cual se mantendría vigente por más de tres siglos, hasta llevarse a cabo la conexión de la ciudad fronteriza de Paso del Norte con la capital a través de la línea férrea construida en 1880−. En este sentido, en su “Primera Carta-Relación” (1519), Cortés relató las expediciones, describió el paisaje de su trayecto ―por Xalapa, pues a Orizaba llegó en 1524― y detuvo la mirada en “la gran sierra cubierta de nieve” correspondiente al volcán Citlaltépetl.

A cinco leguas de la mar por unas partes, y por otras a menos, y por otras a más, va una gran cordillera de sierras muy hermosas, y algunas de ellas son en gran manera muy altas, entre las cuales hay una que excede en mucha altura a todas las otras, y de ella se ve y descubre gran parte de la mar y de la tierra, y es tan alta que si el día no es bien claro no se puede divisar ni ver lo alto de ella, porque de la mitad arriba está todo cubierto de nubes, y algunas veces, cuando hace muy claro el día, se ve por cima de las dichas nubes lo alto de ella, y está tan blanca que lo juzgamos por nieve, y aun los naturales de la tierra nos dicen que es nieve, mas porque no lo hemos bien visto, aunque hemos llegado muy cerca, y por ser esta región tan cálida no nos afirmamos si es nieve.15

Este relato tendrá un fuerte influjo en la forma de experimentar y percibir el camino que conectaba la costa veracruzana con la ciudad capital. El clima atemperado y la fecundidad del valle también resultarán atractivos para las huestes avanzadas de Cortés, quienes a su llegada se encontraron con los nativos agrupados en aldeas dispersas; con el cometido de implantar territorialidad, ejercieron control sobre el área y los concentraron en un pequeño poblado en la tierra de Ixhuatlán, al noroeste, cercana a las estribaciones del volcán.

Los conquistadores transformados en colonos iniciaron la edificación de chozas y corrales de madera en las inmediaciones de uno de los doce ríos que bajaban del volcán atravesando el valle, para que los arrieros fatigados que transitaran por la zona pudieran descansar y confinar a sus animales de carga. Fueron ellos los que derivaron del náhuatl el nombre de Orizaba, el cual se fundó como un simple pueblo de camino. La obligada práctica de la “racionalidad económica” motivó la plantación de caña de azúcar; se construyeron trapiches, un ingenio con su respectiva hacienda y el molino de la marquesa de Sierra Nevada, que abastecía de harinas a la región e incluso a la costa.16

Un acontecimiento trascendental en la última década del xvi fue la asignación oficial del “camino nuevo” que atravesaba la sierra interconectando San Juan de Ulúa con Puebla y México, el cual definió el paso de Orizaba como la ruta principal –junto con el antiguo trayecto de Xalapa– para el movimiento comercial, tanto con España y las otras colonias, como a escala local y regional. Y es que la presencia del Citlaltépetl y sus estribaciones impidieron que hubiera ramales entre sus centros, además de que la traza de este camino carretero seguía una línea paralela al eje de relación entre el volcán y la Sierra Negra.

La importancia del desarrollo de esta ruta de transporte radica en que actuó como la fuerza primordial de la configuración urbana y de las actividades productivas en la etapa colonial de Orizaba. En este orden de ideas, el tramo del camino carretero que atravesaba el poblado orizabeño se convirtió en la Calle Real, la cual pasaba por los llanos de Escamela en línea más o menos recta hasta el barrio de San Juan de Dios y hacia lo que después fue Santa Gertrudis, al oriente. A partir de esta arteria principal se delinearon las calles del pueblo español con una traza irregular y fue fundamento para ubicar las cuatro garitas de entrada: la de Escamela al oriente, la de Angostura al poniente, la de Cerritos al norte y la de Jalapilla o San Antonio al sur.

Así, la ciudad terminó por establecerse a lo largo de una angosta área, en la cual la traza se interrumpía tanto por los lechos del río Orizaba y de los arroyos que la atravesaban, como por las elevaciones de tierra que impedían la prolongación del suelo raso, evocando los cerros limítrofes que de manera abrupta alcanzaban pendientes superiores al cien por ciento, es decir, mayores a 45 grados.

Los ríos que bajaban del volcán atravesando la ciudad obligaron a que muchas de las calles se elevaran varios metros sobre el nivel de los cauces. Todas estaban empedradas para evitar encharcamientos y ostentaban una ligera inclinación que partía de cada lado hacia una zanja central, que guardaba a su vez una magnífica inclinación de noroeste a sureste y que por gravedad mantenía oreado el suelo en tiempo de lluvias. Poco a poco se fueron configurando manzanas con banquetas y equipadas por grandes bancas de piedra que permitían disfrutar del paisaje nevado, así como 35 puentes que posibilitaron cruzar los afluentes.

Las lluvias y los sismos determinaron que las construcciones fueran de cal y canto, de sólo un piso, con techos de tejas de media caña a una, dos o cuatro aguas, por cuyos amplios aleros el agua de lluvia se deslizaba para caer directo a la calle, sirviendo a su vez de cubierta a las estrechas aceras de piedra labrada con el fin de mantenerlas secas y facilitar el tránsito peatonal. Éstas guardaban una ligera pendiente desde las fachadas de las casas a los bordillos. El aire saturado de vapor de agua sumergía a la ciudad en un banco de neblina al caer la noche, que, si bien impedía apreciar los confines, también patentizaba el viejo nombre del volcán como “lugar de nieblas”.

La horizontalidad de las viviendas obedecía a una sucesión de planos continuos y alineados al borde de las aceras. Los enlucidos con mortero de cal se integraban armónicamente con la blancura de la cumbre nevada del volcán antaño denominado “montaña blanca”, el cual podía observarse desde los patios interiores de todas las casas, plagados de árboles frutales que aprovechaban la fertilidad de la tierra. El acceso a la mayoría de las casas era por un zaguán proseguido por una segunda puerta en celosía que permitía la visibilidad a los espacios abiertos, circundados por un corredor desde el cual se distribuían y comunicaban las habitaciones. Los vanos eran de proporción vertical, con altura media o de dos tercios en relación con la pared, dispuestos rítmicamente a partir del centro, y alojaban puertas y ventanas de madera de dos hojas partidas, engoznadas en el quicio, con vidrios para ventanillas y rejas corridas de hierro forjado.

En esta fotografía de Gove & North [1883-1884] destaca una típica calle con las construcciones tradicionales de Orizaba. Fuente: Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, Archivo Fotográfico, álbum 1071, foto 277

Con el tiempo se mantuvo el barrio indio plagado de chozas y jacales en Ixhuatlán, mas para que hubiera una mayor población indígena tributaria se conformaron también los arrabales aledaños de Cocolapan, Tlachichilco, Jalapilla y Omiquila. Estas comunidades crecieron tanto que por iniciativa propia se fueron extendiendo hacia el oeste y el sureste. La configuración de estas zonas se caracterizó por la autoconstrucción, ya fuera de manera directa por los usuarios o mediante el trabajo comunal, y se utilizaron materiales locales, pobres y frágiles, como otate, adobe, bajareque o mampostería con mortero de cal, en raras ocasiones de tabique o ladrillo; madera como estructura de techumbres de tejamanil, carrizos, palma o tejas de barro cocido; y pisos de tierra apisonada o de losas de piedra.

Fig 3. Fotografía de Alfred Briquet de las inmediaciones de un rancho de café en Orizaba [1883]. Destaca al centro un jacal de tejamanil de trabajadores agrícolas. Fuente: Fototeca Constantino Reyes-Valerio de la Coordinación de Monumentos Históricos del INAH, 0315-098

No obstante su sencillez, estas chozas respondían a criterios de asimilación del paisaje inmediato. Tan es así que, a pesar de contar con posibilidades espaciales más amplias que los terrenos pertenecientes al sector urbano, sus construcciones eran muy estrechas debido a que compensaban el interior con la sensación de libertad obtenida del exterior, donde en sí los habitantes realizaban gran parte de sus actividades habituales. La higiene dependía del aseo directo en ríos o arroyos, del agua acarreada y del uso de letrinas.

La planta asimétrica resultante de este crecimiento se dividió en nueve cuarteles para su óptima administración, con pequeñas plazas como elementos articuladores secundarios que concentraban las actividades mercantiles. Así, la plaza principal, la de Armas, se ubicó cerca del límite territorial que marcaba la separación entre los naturales y los españoles.

Hacia el siglo xviii, la prosperidad del valle producto de las bondades del volcán se experimentó no sólo en los ingenios azucareros, en la agricultura menor de maíz, frijol, café, frutos y verduras, en la destilación de aguardiente, en el intenso comercio y la arriería, sino también en el cultivo de tabaco, que posicionó a Orizaba como el centro tabaquero más importante de la Colonia, además en la organización de telares y obrajes, que aprovechaban los cauces hidrológicos. Así, la ciudad se conformó por la entremezcla de lo rural con lo urbano, posibilitando formas de dominio a cargo de cosecheros y terratenientes, cuyos ranchos y haciendas comprimieron el espacio poblacional.

Por su parte, la importancia de la configuración urbano-arquitectónica orizabeña en esta etapa propició que tomara fuerza una leyenda relacionada con el nacimiento del volcán, transmitida por generaciones en los barrios de indios. Así, se divulgó que en la época de los olmecas hubo una guerrera llamada Nahuani, quien llevaba consigo a su amiga y consejera Orizaba, una hermosa águila pescadora. En una de tantas batallas, Nahuani fue vencida, por lo que Orizaba se elevó a lo más alto del cielo y se dejó caer sobre la tierra, formándose una montaña. Después, cuando Orizaba se acordó de lo sucedido a Nahuani estalló en furia, hizo erupción y se convirtió en volcán. Con este relato se legitimaría la denominación de Pico de Orizaba que se dio al Citlaltépetl en la siguiente etapa histórica.

La reconquista simbólica decimonónica

En el siglo xix, la percepción del Citlaltépetl y del camino carretero adquiriría un acento especial. Primero porque la mayoría de los historiadores e intelectuales de este periodo admitía que la génesis de México había comenzado con la gesta de Cortés –por ejemplo, José María Luis Mora (1794-1850), Lucas Alamán (1792-1853), Francisco Pimentel (1832-1893) y Manuel Orozco y Berra (1816-1881)–; en segundo lugar, porque las dos obras que de alguna manera acompañaban en esta centuria a todo viajero en México no sólo describían el paisaje de la ruta de los conquistadores, sino que exponían con lujo de detalle la magnificencia del ahora llamado Pico de Orizaba: el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811), del polímata alemán Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr von Humboldt (1769-1859), considerado el padre de la geografía moderna universal, y la History of the Conquest of Mexico (1843), del historiador e hispanista norteamericano William Prescott (1796-1859).17

Asimismo, dado que el afán de construcción nacional tras la Independencia intensificó la labor histórica y el registro de acontecimientos considerados de importancia, la idealización de la cumbre nevada del Citlaltépetl se volvió una representación del centro de Veracruz en la literatura, en los relatos de viajes, en las obras históricas y hasta en los informes de gobierno del siglo. Por consiguiente, viajeros de diversas nacionalidades se dieron a la tarea de registrar en forma descriptiva, con apego a la corriente positivista y desde una percepción ideológica, las características geográficas –con el volcán como elemento importante–, los rasgos culturales, las condiciones económicas y los contrastes sociales de las regiones que visitaban, independientemente de que su principal aliciente fuera de índole científico, cultural, literario, comercial o diplomático. Entre ellos se encuentran la escocesa Frances Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca (1804-1882), el naturalista francés Lucien Biart (1828-1897),18 el norteamericano W. H. Bullock (1836-1905)19 y la condesa austriaca Paula Kolonitz (1840 – ¿?).20

El Cofre de Perote, con sus bosques de pinos y la gigantesca roca de pórfido, de ahí su nombre, así como la magnífica cúspide nevada del Orizaba, dominan la región […] Las emergentes montañas y las fértiles llanuras conforman uno de los paisajes más bellos que la vista puede contemplar.21

Las obras históricas que apelan a la región central veracruzana insertaron de alguna manera la imagen del volcán nevado en medio de los argumentos mecanicistas en torno al progreso y en el seno de la concepción colonialista u organicista del proceso histórico con base en relaciones causales, al margen de la posición ideológica traslúcida –liberal o conservadora– y del tono narrativo –romántico, trágico o satírico–. Es el caso de los títulos –en orden diacrónico– de José de Emparán, Sebastián Camacho Castilla, Alfonso Luis Velasco, Julio Zárate, Manuel Rivera Cambas, Antonio García Cubas, John Reginald Southworth –quien a través de sus textos ofreció un panorama de posibilidades de elección para inversionistas nacionales y extranjeros–, Luis Pérez Milicua, entre otros, así como los historiadores locales Manuel Segura, Joaquín Arróniz y José María Naredo. Por su parte, la cumbre nevada en cuestión también aparece entre la retórica de los informes de corte sincrónico que pronunciaron los gobernadores, jefes políticos y demás autoridades del estado de Veracruz.22

Cabe señalar que el registro de vistas del centro de Veracruz destacó sobre todo en la plástica propia de la pintura de paisaje y de la costumbrista, además de la fotografía, mediante elementos iconográficos que se convertirían en el precedente de la modernidad, a saber, nativos y escenas de la vida cotidiana en medio de palmeras, platanares, ríos, cascadas, serranías y, por supuesto, del Citlaltépetl o Pico de Orizaba. Entre los artistas viajeros que se ubican en esta línea se encuentran el alemán Johann Moritz Rugendas (1802-1858), el litógrafo italiano Pietro Gualdi (1808-1857), el suizo Johann-Salomon Hegi (1814-1896), el capitán inglés John Thomas Haverfield, el francés Henri Pierre Léon Pharamond Blanchard (1805-1873) y el catalán Joan Bernadet y Aguilar (1860-1932).23

A escala nacional, esta tradición proliferó a raíz de la llegada del italiano Eugenio Landesio (1810-1879), quien había sido invitado para dirigir la cátedra de pintura de paisaje en la Academia de San Carlos. Una vez que desembarcó en Veracruz sería atraído por la naturaleza colorida y diversa de la región; en dicho estado creó sus primeras obras de procedencia mexicana y heredó años después el mismo encanto a su alumno José María Velasco y Gómez-Obregón (1840-1912). Inclusive cabe mencionar que el lienzo de La Hacienda de Monte Blanco (1877) que Landesio dejó inconcluso sería terminado por Velasco.24 Este afamado pintor paisajista del porfiriato no sólo plasmó trascendentes vistas de la región veracruzana, sino que también influyó en que varios de sus discípulos retrataran la misma zona, como por ejemplo: el capitalino Adolfo Tenorio (1855-1926), el zacatecano Cleofas Almanza (1850- 1915), el xalapeño Carlos Rivera (1856-¿?), Diego Rivera (1886-1957) –quien recibió una beca para estudiar en Europa de parte del gobernador del estado de Veracruz, Teodoro A. Dehesa Méndez (1848-1936/1892-1911)– y el orizabeño Gonzalo Argüelles Bringas (1877-1942). Por su propia iniciativa, a este grupo se sumarían el oriundo de “Pluviosilla”,25 José Justo Montiel (1824-1899), el capitalino Casimiro Castro (1826- 1889) y el campechano Joaquin Clausell Traconis (1866-1935).

Del mismo modo, la cartografía aportó lo suyo a la cuestión. Así, los especialistas de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística que de por sí seguían el criterio de proyectar las características físicas, los recursos naturales, la producción y el potencial de desarrollo de las distintas regiones del país, recibieron instrucciones –después de la pérdida de Texas (1836)– de trazar las dos rutas históricas que se consideraban “fundacionales” del México moderno: los trayectos de Hernán Cortés y de Agustín de Iturbide (1783-1824). El primero desde Veracruz y el segundo desde Iguala, ambos con destino a la ciudad-capital. Por tanto, el recorrido épico de los conquistadores se establecería como el camino metafórico del acceso al territorio nacional. Se trataba entonces de ejercer el poder de las narrativas fundacionales como un medio de alcanzar la legitimidad geohistórica.

Aunado a esto, en la década de los cincuenta, el geógrafo Antonio García Cubas (1832-1912) concluyó la Carta General de la República Mexicana (1861), la cual serviría de base para el Atlas pintoresco e histórico de los Estados Unidos Mexicanos (1885) y para el Diccionario geográfico, histórico y biográfico de los Estados Unidos Mexicanos (1888-1891), en donde el Pico de Orizaba aparece gráfica y textualmente dominando un paisaje natural compuesto de manera perfecta.

Orizaba. (Ahauializapan. Dice el Sr. Mendoza: Así lo encontramos escrito en los autores del siglo xvi, lo mismo que en Clavijero; pero en nuestro concepto, y supuesto su significado de baños de alegría o alegres, debería escribirse Ahuiltiapan. Etimología: ahuiltia, dar placer, regocijo, y apan, río o agua).

[…] El valle de Orizaba con sus vallados de floridas plantas, campos pastales y ricas sementeras de tabaco, café y caña de azúcar, es ciertamente de los más bellos. Abundantes y frescos manantiales brotan de muchos lugares del valle […]

Las eminencias principales del quebrado territorio de Orizaba son: el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, nevado y volcán, […] las cumbres de Maltrata y de Aculcingo, […] el cerro de Escamela al N.E. y el del Borrego al O.26

Con estas representaciones se ofrecieron distintas perspectivas para observar el Citlaltépetl o Pico de Orizaba dominando la región central veracruzana, la cual se extendía ordenadamente en exaltación de la naturaleza. Estas vistas fueron reproducidas en libros de viajes, en periódicos de comercio, en los relatos militares y como fondos en retratos del periodo para denotar la “belleza” del paisaje mexicano, pero también con diversas connotaciones: familiarizar a los extranjeros con el territorio nacional; representar al país como un árcade, es decir, como un lugar idílico habitado por una población que vive feliz, sencilla y tranquilamente en comunión con la naturaleza –el mito del “buen salvaje”, propio del pensamiento europeo de la Edad Moderna–; mostrar las vastas proporciones de tierra disponibles para el cultivo y de agua para el riego, promoviendo al cantón orizabeño como un prospecto ideal para inversionistas y proyectando lo atractivo del lugar para la inmigración de colonos.

En este sentido, Orizaba deviene en el siglo xix como una tierra para ser contemplada, teñida por la luz del sol y custodiada por el imponente Citlaltépetl o Pico de Orizaba, pero sobre todo como un lugar desde el cual se podía cometer una reconquista simbólica de México en tanto que estaba situado en un corredor “fundacional”, en uno de los pasos obligados para poder llegar a la ciudad-capital desde el puerto veracruzano. Por ende, en esta centuria se elaboró esta nueva manera de percibir, imaginar y ordenar sus significados visuales, nominales y verbales, hasta convertir a Orizaba en una “construcción cultural”. Con ello adopta la forma de un escenario fijo, teatral, de un espacio escénico de topografía accidentada por las estribaciones de la cordillera volcánica, de cerros airosos, barrancas profundas y cañadas por donde corren ríos hacia el extenso valle.

Por consiguiente, la Carta geográfica y estadística del Estado de Veracruz, documento oficial del siglo xix, describe la ubicación del valle de Orizaba de la siguiente forma:

Tomando por punto de partida el centro del Volcán o Pico de Orizaba, la línea trazada con guiones (——), partiendo de allí hacia el sur, corre por la sierra dejando al poniente el estado de Puebla, pasa por Boca del Monte y continúa por las faldas de aquella cordillera, pasando bajo el Arco de puente Colorado hasta más allá del pueblo de San Bernardino y al llegar a la falda del Oxolozin describe una diagonal siguiendo por las inmediaciones del pueblo de Tequila desde el que continúa por la serranía dejando al sur los terrenos del cantón de Zongolica, hasta llegar al punto de la Balsa dentro de los terrenos de Matatenatito; y lindando ya con el cantón de Veracruz, viene a buscar a Río Blanco recorriendo su ribera hasta encontrar la entrada del Río Metlac, por cuya barranca del poniente que da frente al oriente, sigue hasta el punto del Volcán, quedando en la opuesta el cantón de Córdoba.27

De manera más precisa, el ingeniero D. J. M Tamborrel determinó su posición geográfica a 180°50’55’’89 de latitud norte y a 97°06’ de longitud oeste, con una longitud este del meridiano de México a 2°7’54’’75; de 8°31’’, 65 su ecuación en tiempo y de 8°25’ su declinación de aguja magnética. Con respecto a la extensión territorial de la ciudad de Orizaba,. A fines del siglo xix tenía 27.97 km2 con 3,362 m de longitud y una latitud de 2,304, lo que daba 7,746,48 m2 de área, a una altura de 1,236.48 ms.n.m.28

Con respecto al clima, cabe referir que en la Orizaba decimonónica se consideró semicálido-húmedo, con una temperatura media anual cercana a los 18.9 °C y medias mensuales de 21 °C en mayo y de 15.9 °C en enero, con nieblas frecuentes en noviembre, diciembre y enero. En los textos se registraba de este modo: “el termómetro de Réamur sube hasta 22° en la estación de los calores que es en los meses de abril, mayo y junio, y desciende por lo regular hasta los 10° en la de fríos, en los meses de diciembre, enero y febrero; y aún hasta 4° en inviernos rigurosos, pudiéndose regular la temperatura media del año en 18°.”29 La estación “de las aguas” iniciaba a mediados de mayo y eran muy copiosas, impetuosas y abundantísimas hasta septiembre, con una precipitación anual por arriba de los 2,000 mm, al punto de alcanzar el pluviómetro un registro de 3,000 mm. Al respecto, el historiador orizabeño José María Naredo menciona que hacia 1898 habían disminuido mucho las lluvias y los nortes por el desmonte continuo. Sin embargo, Joaquín Arróniz comentaba unas décadas antes, en 1867, que por fuertes que fuesen las lluvias Orizaba nunca podría sufrir una inundación, debido al fuerte declive de su suelo: “Desde el extremo norte de la población hay 1,006 metros de extensión con un declive medio de 10m 96 por ciento; de este punto al extremo sur se cuentan 1,298 metros en que el descenso medio es de 4m 96 por ciento; de levante a poniente tiene 3,352 metros, con un declive de 3m 5 por ciento.”30

Habría que decir también que los vientos dominantes llegaban del sur, mismos que se sentían a mediados de diciembre o enero y terminaban a fines de marzo. Los “temporales” que se consideraban como “salud del pueblo” provenían del norte y tendían a templar el calor de la atmósfera por estar acompañados de suaves lluvias que en un periodo de 8 a 15 días fertilizaban los campos. Esta variabilidad hacía que en el valle de Orizaba se pasara momentáneamente del frío al calor y de un ambiente húmedo a otro muy seco, de modo que el higrómetro en pocas horas podía cambiar de 20 a 100 por ciento.31

Finalmente, cabe precisar que del volcán bajaban hacia el valle las aguas impetuosas de las ya mencionadas doce cuencas hidrográficas, mismas que desembocaban en los manantiales de la Cumbre de Acultzingo, del Paraje de Enmedio, de Tecamalucan y del Ingenio; en los ríos Blanco, Ojo de Agua, Orizaba, Metlac, Sonso y Jazmín, además de en los arroyos Caliente, de Aguacate y Palatice, horadando en su curso el rico suelo y creando las cascadas de Rincón Grande, Barrio Nuevo y Tuxpango. La cuenca del Río Blanco desembocaba en la laguna de Alvarado antes de llegar al mar; ésta y los dos parteaguas que delimitaban el valle se observaban en la cresta de las montañas fronterizas. Al norte los arroyos se vertían hacia la cuenca del Cotaxtla-Jamapa y al sur hacia la cuenca del Papaloapan.

En medio de este contexto físico, los esfuerzos en la primera mitad del siglo xix se centraron en aprovechar los bienes naturales para introducir la industria mecanizada en el ramo textil en las inmediaciones de los ríos y la línea del ferrocarril cercana al viejo camino carretero. Así, la Calle Principal no sólo continuaría como eje rector de la traza urbana, sino que estableció el trayecto del ferrocarril urbano a lo largo de su calzada y determinó que la proyección de la rasante de la vía del Ferrocarril Mexicano fuera una línea recta secante en su paso por la ciudad.

Por consiguiente, en el último cuarto del siglo, la ciudad de Orizaba contaba con todo lo necesario para enfilarse hacia un proceso de modernización: se localizaba en una conveniente posición geográfica entre el puerto veracruzano y la capital de la República; tenía la principal estación de la ruta del Ferrocarril Mexicano y de otras redes de transporte que permitían controlar las mercancías de importaciones y exportaciones; estaba amparada por una fuerte tradición agrícola con carácter exportador; era un importante centro manufacturero y mercantil; disponía de una gran cantidad de mano de obra barata y, sobre todo, poseía abundancia de agua. Esta suma de factores llevó a que los inversionistas nacionales y extranjeros fijaran su atención en el cantón orizabeño para el impulso fabril en el esquema de la industrialización, con el cual apuntalaron la región en los ramos textil, cervecero y de tabaco. A su vez, hubo mejoras en lo urbano-arquitectónico –aunque se conservó la configuración establecida en la etapa colonial– y se desarrolló vertiginosamente el sector servicios con la finalidad de integrar la economía regional al mercado mundial. Llegado este punto, el territorio pasaría a conformarse por las ideas de modernidad y se dejaría al Citlaltépetl como un mero telón de fondo en el espacio urbano.

Consideraciones finales

Sin duda, la presencia del Citlaltépetl coadyuvó a que los suelos residuales del valle donde se situaría la ciudad de Orizaba fueran acumulando materiales orgánicos durante milenios. Este factor, aunado a las numerosas aguas de riego que bajaban desde su cima, junto con la humedad y temperatura del aire, contribuyeron en conjunto a facilitar una vegetación copiosa sobre una tierra que, en términos estrictos, era pobre, arenisca y arcillosa. En consecuencia, el valle se volvió ameno, frondoso y fértil, rico en especies de flora y fauna, con abundantes frutos en todas las estaciones del año.

Esta riqueza natural permitiría un culto al volcán que se expresó en restos arqueológicos, distintos mapas, textos literarios, relatos de viajes, obras históricas, documentos de gobierno y pinturas de paisaje o costumbristas. Como resultado de esas representaciones, el territorio orizabeño se fue primeramente conformando en la etapa colonial a partir de un viejo camino carretero que sirvió como eje rector de la traza urbana que se mantendría hasta el siglo xix. La extracción prehispánica de obsidiana, seguida de los intensos cultivos de azúcar, maíz, algodón y tabaco relacionarían la idea de prosperidad con el volcán y, por ende, para el siglo xix, con el progreso. No obstante, los acelerados procesos de modernización cambiarían el foco de atención y sacarían al Citlaltépetl del imaginario colectivo.

Así, en sus inicios, el espacio escénico orizabeño se conformó como una frontera natural, es decir, como el “contorno de un recinto” que separaba el altiplano central de las tierras bajas costeras. Los rasgos que fundamentaron su construcción cultural lo representaron como un sitio netamente delimitado, donde el volcán nevado y sus promontorios adyacentes funcionaron como metonimias de bienestar y ventura. Más aún, dado que el paisaje no sólo revelaba los orígenes de sus formas y accidentes, sino también la impronta de la acción humana atesorando aspectos relacionados con el nacimiento de la ciudad, con su desarrollo, potencialidades y debilidades, las vistas del valle actuaron como cronotopos, esto es, como marcas históricamente cargadas, como “puntos en la geografía de una comunidad donde se interceptan y fusionan el tiempo y el espacio.”32 En consecuencia, el legendario Citlaltépetl y la llanura de tierra que se extendía a sus pies constituirían el tropo de esa ciudad que sería Orizaba, desde la configuración urbano-arquitectónica llevada a cabo en la etapa colonial y hasta la segunda mitad del siglo xix.

Situación geográfica de Orizaba a fines del siglo XIX
Fuente: Elaboración propia a partir del cruce de información del Plano topográfico de la ciudad de Orizaba, levantado por la Comisión Geográfica Exploradora en 1899, así como las descripciones geográficas de J. M. Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico

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NOTAS

1 Sobre esta franja hay diversas propuestas de denominación, entre ellas: Sistema Volcánico Transversal, Eje Neovolcánico, Faja Volcánica Transmexicana, Cordillera Neovolcánica, Sistema Tarasco-Nahua, Sierra Volcánica, etcétera. Esperanza Yarza de De la Torre, “Los volcanes del Sistema Volcánico Transversal,” Investigaciones Geográficas, Boletín del Instituto de Geografía 50 (2003): 220-234.

2 Ver: Hugo Delgado Granados, y otros., Los volcanes de México (México: UNAM, 2001).

3 Ubicado entre los estados de Puebla y Veracruz: φ 19° 01´ 53.5” – λ 97° 16´ 12.1” (coordenadas geográficas de latitud y longitud, respectivamente). Su superficie es de 19,750 hectáreas.

4 De sus cinco glaciares, en la última década se perdieron cuatro debido al calentamiento global.

5 Se trata de un biombo de piel de venado con dos portadas de madera originales, dividido en 52 segmentos, pintados tanto en el anverso como en el reverso, cuya lectura se realiza de derecha a izquierda y donde se relata el origen del mundo y la historia de los gobernantes mixtecos, en especial de la dinastía Tilantongo. Se resguarda desde 1677 en la Biblioteca Nacional de Austria, en Viena.

6 Ver: Ferdinand Anders, Maarten Jansen y Gabina Aurora Pérez Jiménez, Códice Vindobonensis. Origen e historia de los reyes mixtecos (México: FCE, 1993).

7 Lienzos histórico-cartográficos pintados sobre papel amate con medidas distintas, las que oscilan entre los 92 y 167 cm. Se localizan en lugares diferentes: el MC1 en el Fondo Mexicano de la Biblioteca Nacional de Francia, el MC2 en la Colección Ángeles Espinosa Yglesias y los MC3-MC4 en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Ver: Keiko Yoneda, Los mapas de Cuauhtinchan y la historia cartográfica prehispánica (México: FCE, 1991).

8 El mapa mide 30×22 cm. El documento original quedó inconcluso y se encuentra fragmentado en tres partes. Se localiza en el Fondo Mexicano de la Biblioteca Nacional de Francia. Ver: Paul Kirchhoff, Historia tolteca-chichimeca (México: INAH, 1976).

9 El altepetl era una unidad territorial y social, constituida por calpullis divididos a su vez en barrios.

10 Estos sitios son: Luz de Equinoccio, “Z”, Piedra Grande, La Obsidiana, Barranca Piedra Pintada, El Cruce, El Arenal, Las Minas, El Helipuerto, Torrecillas, Vuelta de Tecamachalco, Cueva de los Muertos, Torrecillas Rojas, algunos abrigos rocosos y el más reciente del flanco poniente descubierto en 2018, aún en investigación. Las exploraciones han sido encabezadas por los arqueólogos Arturo Montero y Lourdes López.

11 Ismael Arturo Montero García, Atlas arqueológico de la alta montaña mexicana (México: Semarnat, 2002), 67-72.

12 Gabriela Hernández, “Descubren sitio arqueológico de más de mil años en el Pico de Orizaba,” Proceso, marzo 13 del 2018.

13 En el Musée de l’Homme de París se encuentran 14 de estas esculturas, las restantes cinco están repartidas en el Museo de Antropología de Xalapa y en el Museo Nacional de Antropología e Historia.

14 Cabe recordar que en 1518 el capitán español Juan de Grijalva arribó al islote que nombraría San Juan de Ulúa. La playa de enfrente se llamaba Chalchihuecan, hasta que Hernán Cortés, Francisco de Montejo (1479-1553) y Alonso Hernández de Portocarrero (1495-1523) la nombraron la Villa Rica de la Vera Cruz el 10 de julio de 1519, convirtiéndose en el Primer Ayuntamiento y en la primera ciudad fundada por europeos en la América continental.

15 Don Pascual de Gayangos (comp.), “Primera Carta-Relación. De la Justicia y Regimiento de la Rica Villa de la Vera Cruz a la Reina Doña Juana y al Emperador Carlos V, su hijo. 10 de julio de 1519,” Cartas y Relaciones de Hernán Cortés al Emperador Carlos V (París: Imprenta Central de los Ferrocarrileros A. Chaix y Co., 1866), 22.

16 La “racionalidad económica” implicaba que la fundación de poblados españoles debía ser en sitios de tierras fértiles, cerca de asentamientos indígenas que sirvieran de mano de obra, junto a yacimientos minerales, en los puertos de acceso a los territorios americanos o al costado de los caminos que llevaban a las ciudades principales.

17 Alfred Siemens, Between the Summit and the Sea: Central Veracruz in the Nineteenth Century (Vancouver: University of British Columbia Press, 1990), 53.

18 Lucien Biart, Adventures of a Young Naturalist (Nueva York: Harper & Brothers Publishers, 1871), 89-104 y 353-367.

19 W. H. Bullock, Across Mexico in 1864 (Montana: Kessinger Publishing LLC, 2007).

20 Paula Kolonitz, Un viaje a México en 1864 (México: SEP, 1976), 64-68.

21 Frances Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca, “Carta V”, La vida en México durante una residencia de dos años en ese país (Madrid: Real de Catorce Editores, 2009), 35.

22 Ver: Carmen Blázquez Domínguez, Veracruz. Informes de sus Gobernadores, 1826- 1986, 22 tomos (Xalapa: Gobierno del Estado de Veracruz, 1990).

23 Ver: Viajeros europeos del siglo XIX en México (México: Fomento Cultural Banamex- Comisión Europea, 1996).

24 La Hacienda de Monte Blanco se ubicaba en Fortín de las Flores; se dedicaba al cultivo de café y a la agricultura intensiva. Desde ahí se retrató el Citlaltépetl.

25 Nombre apelativo con que se le conoce a Orizaba, ya que el escritor mexicano Ángel de Jesús Rafael Delgado (Córdoba, 1853-Orizaba, 1914) lo utilizó para referir la llovizna constante del lugar. En sus novelas, su representación como rincón provinciano es una síntesis escenográfica de Orizaba, Córdoba y Fortín de las Flores.

26 Antonio García Cubas, Diccionario geográfico, histórico y biográfico de los Estados Unidos Mexicanos, vol. 4 (México: Antigua Imprenta de Murguía, 1888-1891), 222-223.

27 Carta geográfica y estadística del Estado de Veracruz, litografiada por el ingeniero Raimundo Jausoro, citado en José María Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y de la ciudad de Orizaba, 2 tomos (Orizaba: Imprenta del Hospicio, 1898), 8-9.

28 José María Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y la ciudad de Orizaba (Orizaba: Imprenta del Hospicio, 1898), 5-6.

29 José María Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y la ciudad de Orizaba, 5-6.

30 José María Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y la ciudad de Orizaba, 7.

31 José María Naredo, Estudio geográfico, histórico y estadístico del cantón y la ciudad de Orizaba, 7.

32 Mikhail Bakhtin, The Dialogic Imagination: Four Essays (Austin: University of Texas Press, 1981), 7.

Abe Yillah Román Alvarado
Universidad Nacional Autónoma de México, México
aberoman@comunidad.unam.mx

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DOI: http://dx.doi.org/10.22201/fa.2007252Xp.2019.20.72353